lunes, 4 de abril de 2016

Camino al andar: más sobre LOS ALLANADORES, de Carlos Pardo



Está visto que los movimientos ―también los literarios― se demuestran andando. En este sentido, la senda por la que avanza Carlos Pardo (1975) en Los allanadores no sigue un itinerario predecible, sino que evoluciona a través de sacudidas violentas, baches expresivos y sinuosidades tonales. No obstante, los aciertos del libro provienen de ese aparente desajuste entre lo sublime y lo vulgar, la imagen poética y el injerto prosaico, la expansión confesional y el recorte figurativo. En Echado a perder (2007), el escritor ya había relatado la microepopeya de un sujeto desenfocado, proclive a las rupturas lógicas y al pensamiento retráctil que los postestructuralistas denominaron cogito interruptus. Sin embargo, la perspectiva urbana y el minimalismo ilustrado de aquel volumen desaparecen ahora en una entrega que despliega una densa trama autobiográfica, al punto de que algunas composiciones versifican episodios incluidos en las páginas de El viaje a pie de Johann Sebastian (2014), a la vez autoficción testimonial e instalación narrativa. Con todo, la “Nota” final de Los allanadores advierte de que “la poesía, aunque coquetee con la autobiografía [...], es una disciplina de la desposesión”. En efecto, aquí no hay caídas en el egotismo ni descensos a los infiernos del melodrama familiar. Al contrario, el autor se apresura a sellar las grietas por las que podrían filtrarse las humedades del patetismo: “permite que me ahorre / la efusividad”. Los clichés posmodernos y las repentinas bajadas de tensión lírica no hacen de Los allanadores una autopsia incompasiva, sino que conducen a una fusión en la que los incisos digresivos polemizan con la taxatividad apodíctica, los giros sinfónicos coexisten con los loops sincopados y las arborescencias textuales crecen en el mismo suelo donde arraiga la estética-bonsái del haiku.

            Los allanadores se estructura en tres secciones: “El hombre indivisible”, “Calipso” y “Los armónicos”. La primera revela cierta continuidad con los temas y tonos de Echado a perder. Los poemas de este apartado se enmarcan en el entorno doméstico, indagan en las contradicciones de la vida en pareja (“Me he enamorado / porque no has hecho casi nada”), exhiben los residuos biodegradables del ser y exploran el lado insólito de las escenas cotidianas. Atrapado entre la herencia genética y el libre albedrío, Carlos Pardo se atreve en ocasiones a escribir con la mano en el pecho y a corazón abierto. Así lo demuestran algunas piezas fragmentarias, pero en las que subyace una intensidad poco frecuente. Dos ejemplos son “Semana” y “El hombre indivisible”, que termina con un precario equilibrio de fuerzas: “Una / especie de perseverancia / en esta convivencia / que no vas a agradecerme”. No obstante, en esta sección también hallamos gozosas sesiones de terapia colectiva, como “Poetas en la grabadora, sin entenderlos”, y lecciones de botánica elemental en las que comparecen el árbol apenas sensitivo de Rubén Darío y “la morada del mito” donde florecen por igual “el cardo, el limonero”.

            El ritmo tropical del “Calipso” pone la banda sonora a la parte central, donde se dan cita un conjunto de estampas paisajísticas con tendencia al bucolismo. El placer de las correspondencias, los trampantojos visuales y las pinceladas coloristas aportan una naturaleza emotiva en la que anclar definitivamente la mirada. Asimismo, las vacilaciones sobre el sentido y la función de la escritura suscitan una reflexión metaliteraria levantada sobre los cimientos de la biografía: “Más que nunca escribir / es la plegaria / que volverá a cumplirse. // Un milagro sencillo / cuando se dan las circunstancias, / que eran lo milagroso”.

            Sin duda, la parte más sorprendente de Los allanadores es “Los armónicos”, constituida por tres poemas largos y una prosa desesperada. Puede que estas no sean las mejores composiciones del libro, pero son las que abren nuevas vías expresivas para el autor en particular y para la lírica reciente en general. En este contexto se inserta “Mis problemas con el judaísmo”, donde se mezclan la genealogía hebrea del sujeto, la precaria salud de la madre y el activismo desencantado tras el 15-M: “Me quemé / o, mejor dicho, / me llegó el desencanto”. Un álter ego vagamente woodyallenesco defiende que la política no es incompatible con el sarcasmo (“Había fútbol / además de revolución”), y que una fuga musical puede transformarse en una huida hacia delante: “Para que una experiencia esté completa / un imprevisto / agente secundario / añade su ingrediente / disonante”. La teoría de los armónicos proporciona el singular registro de “Laforgue en Benidorm”, al tiempo homenaje al poeta simbolista francouruguayo y pastiche de sus modos estilísticos, y de “Judee Sill”, dedicada a la cantante y compositora estadounidense del mismo nombre, muerta de sobredosis a los treinta y cinco años. Tras ese paseo por los emblemas del malditismo, la prosa “Una novela no escrita” refleja la intemperie afectiva de una época cerrada por derribo.

            En suma, Los allanadores es un complejo vitamínico de versos y reversos, acordes y desacuerdos, pimientos rojos y pimientos verdes. Aunque a veces su ironía limite con lo chistoso, y aunque a menudo la avalancha anecdótica desborde las costuras del discurso, es necesario aplaudir la valentía de un libro que se resiste a escribir sobre mojado y de un poeta que va haciendo camino al andar.

 (Publicado en Turia, núms. 117-118, pp. 464-466)

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