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Blog de Luis Bagué
miércoles, 15 de mayo de 2013
miércoles, 8 de mayo de 2013
Ray Harryhausen ha muerto...
¡Viva Ray Harryhausen.! En homenaje al protonauta de los efectos especiales, he aquí una secuencia de Jasón y los argonautas (1963).
viernes, 3 de mayo de 2013
Un poema de David Mayor
Los
versos de David Mayor los escribe alguien que está en otra parte: un
corredor de fondo, un hombre que espera a Godot, un viajero sin destino, un
cinéfilo con butaca impar y un buceador por las aguas imprevistas de la vida.
En resumen, los versos de David Mayor los escribe un poeta. Para
muestra, un escéptico botón de sus 31 poemas
(Valencia, Pre-Textos, 2013). Pasen y lean:
NACIONALIDAD
Ya no
hay furia ni mugre ni vespas a la entrada. No hay chicas como Blondie ni
yonquis ni han roto el futuro. No hay Londres ni Berlín ni siquiera sombra del
pasado. No hay tiempo ni empujones. No hay güisqui dyc ni imperdibles ni una
chaqueta demasiado entallada. No hay sudor ni rickenbacker ni
un asesino dentro de mí ha asesinado a los dioses. No estamos en el setenta y
siete ni Pisa está a punto de ser incendiada ni hay tanta porquería. No hay
nada en el camino de la nostalgia. Ni siquiera Nueva York es un sueño. Nunca
beberá Poe en el Bowery. Seguramente no haya ocurrido. Ya no tenemos ni media
hora para actuar. Solo hay páramo en el que pinchar discos a pedradas.
lunes, 29 de abril de 2013
No sé por qué y Patio de locos, de Andrés Neuman
En No sé por qué y Patio de locos, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) reúne, en una edición revisada, dos plaquettes publicadas previamente de
forma exenta. Sin embargo, el lector no se halla ante una mera recopilación de
materiales dispares, sino que ha de vérselas con un libro bifronte y ambidextro
donde alternan dos modos de respiración lírica. Ambos títulos plantean un juego
de espejos o un diálogo sostenido en el asombro, entre el funambulismo de la
razón y la tentación del abismo. Así, la búsqueda de la identidad desplegada en
No sé por qué encuentra una
interesante contrapartida en la indagación sobre la alteridad en torno a la que
se articula Patio de locos. El primer
segmento del volumen (No sé por qué)
puede leerse como un inventario de dudas metódicas y retóricas. Los poemas,
encabezados anafóricamente por la secuencia “No sé por qué”, se sustentan en
una actitud de sospecha. Las perplejidades deductivas y las incertidumbres cartesianas
muestran una realidad escindida en la que convergen el amor y el erotismo, la
pantalla y la página, el verso y sus reversos, el ruiseñor de Keats y el cuervo
de Poe. Al final, la docta ignorancia con la que el autor examina el mundo se
transforma en una suerte de mayéutica posmoderna: “No sé por qué no sé / mejor
que conocer es preguntar dos veces / hagamos un trato señora poesía / le cambio
sus asombros por mis dudas”. Esta escritura vigilante se expande, en Patio de locos, hacia una dimensión metaficcional.
Neuman presenta aquí el retablo coral de un pabellón psiquiátrico por cuyas
salas desfilan el loco astuto, la enfermera, el doctor nube o el narrador
narrado por un profuso avispero de voces. En un universo donde nada es lo que
parece, la locura se convierte en una forma superior de lucidez, mientras que
la cordura se concibe como una enfermedad contagiosa: “tienes que ir
aprendiendo murmura el veterano / a distinguir los locos de los locos”. Más
allá de su naturaleza jánica, este libro propone un tour de force que su demiurgo resuelve con la trascendente levedad
del ironista y la aparente sencillez del virtuoso.
Publicado en el suplemento “Babelia” del diario El País, el 27 de abril de 2013
jueves, 25 de abril de 2013
¿Puro teatro?
El milenarismo
invertido que acuñó la posmodernidad se ha amoldado a un reciclaje constante de
los paradigmas artísticos y de las escuelas estéticas. Ya el siglo XX propugnó
la sustitución de la pintura (al menos, de la figurativa) por la solución
química de la fotografía. Y en la actualidad proliferan debates análogos y
analógicos sobre el futuro del libro impreso frente a la pujanza del
dispositivo digital, como si el cambio de soporte equivaliera a un nuevo Big
Bang en la galaxia McLuhan. Algunos profetas mediáticos vaticinan que la visita
ritual al museo será reemplazada en breve por la visita virtual: de hecho, los
fondos pixelados de Google Art Project permiten acceder ―a un solo clic y sin
el riesgo de sustracción de carteras― a las principales colecciones museísticas
del orbe. Más frívolamente, podemos lamentar la pérdida de carnalidad erótica
en los tiempos de Photoshop. E incluso solemos escuchar elegías por el fin del
epistolario debido a la instantaneidad soluble del correo electrónico. En ese
carnaval de las formas, ya parece superado el famoso debate que convertía al
cinematógrafo en un Saturno destinado a devorar la representación teatral.
Desde que unos obreros salieran de la fábrica Lumière y un tren entrara en la
estación de La Ciotat, nada ha vuelto a ser lo mismo en lo tocante al arte de
hacer comedias y de montar dramas. Sin embargo, al margen de adaptaciones y
(per)versiones, el teatro y el cine se siguen quitando la palabra de la escena.
Dos ejemplos recientes sirven para demostrar ese tráfico de influencias en
formatos radicalmente distintos de esa paradoja que constituye el teatro
filmado.
Desdramatizar
el cine. Lo consigue Martin McDonagh en Siete
psicópatas, como anteriormente lo había logrado en la espléndida Escondidos en Brujas. Aunque la
tentación inmediata consiste en emparentar la obra del dramaturgo irlandés con
los festines carnívoros de Tarantino, sus diálogos hilarantes, su compulsión metaficcional
y su aprovechamiento de las atmósferas climáticas resultan más afines a un hombre
de teatro que a un cinéfilo de raza. He aquí una película coral cuyos siete
personajes en busca de autor dialogan ad
nauseam sobre un previsible (y, al cabo, frustrado) tiroteo final, remedan
arquetipos universales e inventan desenlaces hipotéticos para la trama y para
sí mismos. Fábula sin corolario y thriller
sin causa, Siete psicópatas encuentra
su culminación catártica en el momento en el que el perro secuestrado por Sam
Rockwell accede a tenderle la pata a su secuestrador. Pese a sus estridencias
habituales y sus ocasionales exabruptos, McDonagh es lo más parecido a Beckett
que el espectador puede hallar en la cartelera.
Dramatizar la novela. Lo intenta Tom Stoppard, ayudado del director Joe Wright, en la enésima adaptación cinematográfica de Ana Karenina. Aunque la novela de Tolstói sigue siendo tan esquiva a la traducción simultánea como siempre, hay que reconocer el interés de una propuesta que se arriesga a escenificar el drama de su protagonista mediante un complejo engranaje de telones, bastidores y andamios. Si bien el guion de Stoppard tiene el mérito de sustituir la vastedad narrativa por la levedad del montaje teatral, su adaptación no me hace olvidar la hazaña de Rosenkranz y Guildenstern han muerto. En esa admirable tragicomedia que gustó a todo el mundo, y que el propio Stoppard convirtió en una admirable película que no le gusta a casi nadie, dos eternos secundarios de Hamlet servían como pretexto para un juego de espejos donde de nuevo se reflejaba la alargada sombra de Beckett. Y es que, por más que se vista de celuloide, lo del cine es puro teatro.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 25 de abril de 2013)
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